
Desde el punto de vista occidental, la arraigada costumbre de cocinar y comer carne de perro en Corea del Sur puede resultar extravagente y repulsiva. Sin embargo, se trata de una cuestión meramente cultural, aunque para los amantes de los perros se trate de una costumbre bárbara.
Para los coreanos, la carne de perro es como la de cualquier otro animal que cría el hombre para el consumo, igual que la de cerdo, pollo o vaca. Más allá de las consideraciones que se puedan hacer sobre los derechos de los animales, lo cierto es que para la cultura confuciana, impregnada en todos los ámbitos del país, el perro no ocupa una posición cercana al ser humano como sí ocurre en el mundo occidental.
La mayor parte de los coreanos no acepta las críticas del exterior. Comer carne de perro forma parte de su cultura milenaria. Además, según ellos, se trata de una carne sabrosa y nutritiva que muchos médicos prescriben para los que sufren de anemia y carencias vitamínicas. Sin embargo incluir carne de perro en su dieta cotidiana no es tan común como pensamos, especialmente porque su precio puede llegar a ser muy caro. Uno de los platos que más se prepara es el llamado poshintang, que significa sopa tónica; otra variedad es el soo yuck, en trozos y con salsa picante.
Corea no se avergüenza de su cultura y la defiende. Para ser honestos, en occidente tampoco podemos sacar pecho en estas cuestiones. Una visita a cualquier planta de producción cárnica bastaría para ponernos los pelos de punta. Nosotros nos comemos los terneros jóvenes, los pequeños corderos lechales, pollos y todo tipo de animales, hervimos los cangrejos, las langostas y los caracoles vivos. Visto así, no estamos autorizados para juzgar las costumbres de los demás.